Bodegueros y enólogos españoles han reconvertido sus metódos de eleboración a la hora de producir vinos rosados-al estilo más sutil de los rosados franceses de la Provenza-ajustando algunos parámetros que les hagan más atractivos para los consumidores de todo el mundo.

 Menos color, más sabor.

A simple vista, los actuales vinos rosados españoles parecen más desvaídos al analizar su ligero color, pero al degustarlos rápidamente se destierra esa primera impresión y abren al consumidor una amplia gama de sensaciones,mucho mayor que antaño.

Hasta no hace mucho los sabores típicos eran: frutas rojas del bosque, florales, caramelo rojo y lácteos (nata, yogur). En nuestros días, los enólogos consiguen una mayor amplitud de recuerdos y, en ciertos y relevantes casos, las sensaciones gustativas son más abundantes, llegando a encontrarse apuntes de monte bajo, (jara, romero), minerales (piedra caliza o piedra de río), ahumados, especias y un largo etcétera.

Los principales motivos que derivan en esa mayor complejidad son un creciente trabajo con las lías finas del vino y el empleo, en la fermentación alcohólica o en su crianza, de tinos o barricas de roble.

Las lías finas

En el sector vitivinícola se habla constantemente del empleo de estas lías, partículas sólidas que aparecen de manera natural al exprimir los racimos de uvas, para dar mayor estructura en boca al líquido elemento.    

Pongamos como ejemplo un zumo; al dejarlo en reposo en un vaso, se observa que en la parte inferior queda el líquido y en la superior la pasta de la fruta. En el caso del vino, aparecen dos tipos de lías, las gruesas, que se precipitan a la parte inferior del depósito y pueden aportar-si permanecen tiempo en contacto con el vino-sensaciones desagradables al gusto como amargor o agua estancada, y las lías finas que se mantienen más tiempo en la parte superior y que al removerlas periódicamente,  técnica de battonage, aportan mayor elegancia en los aromas y más untuosidad en boca.